Crimson Desert es uno de esos juegos que venimos viendo en trailers alucinantes desde hace años, prometiendo un mundo abierto descomunal y un combate de otro planeta. Después de un desarrollo larguísimo, Pearl Abyss por fin lo soltó. ¿Está a la altura del hype? En gran parte, sí.
Un continente para perderse
El mundo de Pywel es enorme y, sobre todo, está vivo. Hay clima dinámico, fauna que reacciona, pueblos con su propia rutina y rincones que invitan a la exploración pura. Pasear a caballo mientras cae la tormenta y se ve una ciudad a lo lejos es de esos momentos que justifican el género. La densidad de detalle es apabullante.

Combate de película
Acá es donde Crimson Desert brilla más fuerte. El sistema es físico, cargado de animaciones espectaculares, agarres, combos y un uso del entorno que recuerda por momentos a lo mejor del género. Los enfrentamientos contra jefes son verdaderas set pieces, gigantescas y épicas, que te dejan con la boca abierta. Eso sí: la curva de aprendizaje es empinada y al principio puede frustrar.

Una superproducción
En lo audiovisual, estamos ante una de las producciones más ambiciosas del año. Modelado, captura de movimiento, escala de los escenarios y dirección de cámara en las cinemáticas están a nivel de blockbuster. Se nota la plata y el tiempo invertidos.

Los baches del camino
No todo es brillo. Muchas misiones secundarias caen en la repetición clásica del mundo abierto (anda acá, traé esto, matá aquello), y aparecen algunos bugs y bajones de rendimiento puntuales que esperamos que se pulan con parches. Son manchas en un juego que apunta muy alto.
Veredicto
Crimson Desert cumple con lo grande: un mundo gigante para devorar y un combate espectacular que te hace sentir un guerrero imparable. Le faltó pulir el relleno y algún detalle técnico para rozar la obra maestra, pero igual es un golazo de Pearl Abyss y una de las grandes aventuras de mundo abierto del momento.




